ongs (1)

 

En este artículo no se quiere tratar de quién forma parte de esos grupos, integrados por personas de diferentes procedencias e ideologías, sino de situar su origen dentro de la historia del sida y analizar el papel que han desempeñado en el afianzamiento del mito del sida infeccioso.


Antes de abordar ese tema, conviene tener presente quién dicta, a nivel mundial, las estrategias a seguir con respecto a la “epidemia de Sida”, en todos los ámbitos, que no es otro que el CDC, (Centro para el Control de Enfermedad), de Atlanta, (EE UU). Pues bien, la idea inicial de crear este tipo de grupos y asociaciones, así como de dar dinero a otros grupos y asociaciones de todo tipo ya existentes, procede también del CDC.

Cuando se analiza la actuación del CDC en la historia reciente, nos encontramos con el llamado “Programa de asociaciones”, pero ¿Qué es este Programa de Asociaciones? Pues muy sencillo, cada vez que el CDC, a lo largo de su historia, se ha visto en la necesidad de difundir un determinado mensaje sanitario entre la población, lo que ha hecho sencillamente es eso, dar dinero a grupos o asociaciones, o crear otros nuevos, para difundir esos contenidos.

De ahí que una de las primeras cosas de las que el CDC se preocupó en los EE UU, ya desde los comienzos de la era del Sida, fue de la creación de estos grupos. El esquema de destinar una gran cantidad de dinero público, que proviene del bolsillo del contribuyente, a la creación de grupos y asociaciones que difundirán el mensaje del sida infeccioso, al igual que otras pautas que se refieren a la lucha contra la epidemia a nivel mundial, (reparto de jeringas estériles y condones, recomendación de hacerse el test, recomendación de los fármacos antivirales, etc.), que es el esquema que los CDC de Atlanta pusieron en marcha en los EE UU, fue adoptado, de un modo mimético, en el resto de los países del mundo.

Otra fuente de financiación de los grupos y ongs antisida en todo el mundo la constituyen las generosas donaciones y contribuciones de la industria farmacéutica, algo que también se inició en los EE UU a principios de la década de los 80 y de lo que ofreceremos a continuación ejemplos, siendo adoptado posteriormente en el resto de los países, eso explica a la perfección el papel que vienen desempeñando estos grupos en el negocio farmacético de los tratamientos antivirales, con su actitud de apoyo incondicional a los fármacos antivirales que dicen combatir el virus, (ni una sola crítica en cambio por su parte hacia las irregularidades que rodearon la aprobación del AZT, sino todo lo contrario –vociferaron para que fuera suspendido el ensayo clínico y se diera el AZT a todo el mundo- ni a la gran mortalidad que provocó), proclamando sin cesar “el derecho” de todo el mundo a ser tratado con estas drogas y sin que parezca preocuparles mucho el hecho de que sean experimentales y tóxicas. El Dr Peter Duesberg, pofesor de Biología Molecular de la Universidad de California Berkeley, en su libro, Inventing the AIDS virus, (Regnery Publishing, Inc. Washington, DC., 1996), ofrece una buena panorámica, en este sentido, de los ingentes recursos, económicos y humanos, puestos en marcha a principios de la “era del Sida” en los EE UU, tras la proclamación del “descubrimiento” del virus del sida por Robert Gallo, con la exclusiva finalidad de difundir entre la población la idea del sida infeccioso, (y aquí es donde se enmarca el activismo de estos grupos antisida y ongs, aunque habría que llamarlas ogs, es decir, organizaciones gubernamentales, por su fuente de financiación, que no es otra que el bolsillo del contribuyente).

 

El sida después de la declaración de Robert Gallo de abril de 1984

 

Es en esos años que siguen a la declaración de Gallo cuando se elaboraron las líneas generales y la estrategia de lo que sería la lucha contra el sida a nivel mundial, algo que es interesante conocer (fue tratado en un extenso artículo, publicado en nuestra página, llamado “La construcción del mito del Sida infeccioso”, http://superandoelsida.ning.com/profiles/blogs/construyendo-el-mito-del-sida), porque esas medidas que se adoptaron en los EE UU en esos años serían copiadas en el resto de los países, entre ellos el nuestro, por absurdas que puedan parecer cuando ahora las analizamos.

En 1986 la Academia Nacional de Ciencias de los EE UU (NAC) nombró un comité para enfrentarse al problema del sida, presidido por David Baltimore, un destacado e influyente virólogo. El comité de la NAC, constituído por ventitrés prestigiosos científicos, diseñó un ambicioso programa con fondos crecientes y supervisión central, con el fin de crear un amplio consenso en los EE UU, unificando los esfuerzos de los científicos y la sociedad entera en la guerra del sida. El programa era más ambicioso aún que el de la guerra de la polio o incluso que el de la lucha contra el cáncer y permitiría la adopción de medidas extraordinarias que habitualmente pueden encontrar resistencia por parte de la población.  El CDC se destacó, según Duesberg, como la principal agencia gubernamental de salud primera línea contra la epidemia, difundiendo las “medidas de prevención” entre la población, pensando más como activistas, que como investigadores. Lo esencial de su labor era, en palabras de un oficial del CDC, “persuadir a la población para que viera el sida como un problema infeccioso”. El CDC cuenta en la actualidad con un presupuesto anual de 2000 millones de dólares.

 

Creación y financiación de grupos y asociaciones por el CDC.

 

Pero había un problema que limitaba la influencia del CDC en la opinión pública y es que estos mensajes estaban asociados siempre a las siglas del CDC, por lo que este organismo decidió aumentar su influencia en el público de modo indirecto, es decir, por medio de otras organizaciones. Es así como se destinaron diez millones de dólares a los gobiernos de los estados para ser distribuidos en las nuevas sedes locales creadas para el control del VIH.
El dinero iba acompañado de las correspondientes instrucciones según las directrices del CDC.

El CDC, reconociendo la influencia de ciertas organizaciones de base y asociaciones privadas en sus respectivos ámbitos, estableció vínculos con ellas solapadamente a través de subvenciones. Comenzó con la importante USCM, la cual se vió beneficiada con fondos crecientes que servirían para ayudar a grupos ya existentes contra el sida o para la creación de otros nuevos. Según Duesberg, a principios de los 90, unos 300 grupos habían sido creados, directa o indirectamente, por el CDC. Apretar el botón en la sede local del CDC en Atlanta o Georgia suponía la actuación al unísono de toda una amplia gama de asociaciones privadas y de grupos de “activistas” del sida. A cualquiera le daría la impresión de ser algo completamente espontáneo. La mayoría de estos grupos de activistas contra el sida eran grupos de homosexuales, a través de los cuales el CDC llegó a influir por completo en la comunidad homosexual norteamericana. Mientras financiaba la creación de estos grupos de activistas, el CDC dirigió su dinero e influencia a otros grupos cívicos con influencia en otros sectores de la sociedad. Decenas de millones de dólares se destinaron a la Cruz Roja Americana, dentro de un acuerdo de cooperación que dió al CDC un inmenso control sobre esta institución. A su vez, la rama americana de la Cruz Roja presionaría a la Cruz Roja Internacional y a la Media Luna Roja, con el fin de difundir la doctrina del VIH/Sida en todo el mundo. La influencia del CDC se extendió, a golpe de talonario, a un sinfín de asociaciones, desde asociaciones de maestros, empleados municipales, grupos religiosos, etc. También formó una asociación con la Asocación Americana de Personas con Sida, grupo que patrocinaría una reunión anual de todo tipo de grupos de activistas del sida.

 

El papel de ciertas compañías farmacéuticas

 

Otra fuente muy importante de fondos para la guerra del Sida fue Burroughs Wellcome, la compañía fabricante del AZT, la cual se sumó a estos esfuerzos en 1987. La compañía Wellcome ha suministrado dinero a la mayoría de las organizaciones y grupos de los EE UU relacionados con el sida, unas dieciséis mil según Duesberg, desde las asociaciones que sostienen la investigación hasta los grupos más radicales, con fama de feroz independencia, como el grupo ACT UP. Muchas de ellas, con fama de radicales, fueron calmando sus críticas a medida que el dinero empezaba a llegarles. En el lugar más destacado del stablishment del sida se situaba la American Foundation for AIDS Research (AmFAR) o Fundación Americana par la Investigación del Sida. Fundada en 1985 por Michael Gottlieb, el médico que describió los primeros cinco casos de sida y Mathilde Krim, una investigadora que participó en la guera del cáncer y que ahora desempeñaba, como otros muchos cientificos de aquella guerra, un papael destacado en la guerra del sida. La AmFAR alcanzó notoriedad gracias a sus conexiones con Hollywood, sirva de ejemplo el caso de Elisabeth Taylor y Bárbara Streisand, las cuales sirvieron de reclamo a la hora de difundir el mensaje del sida y de organizar campañas de recogida de fondos. Burroughs Wellcome contribuyó con la suma de un millón de dólares en 1992, así como contribuyó con grandes donaciones la Fundación Bristol-Myers- Squibb, ligada a la compañía farmacéutica del mismo nombre y fabricante del Ddi (Videx).

 

El papel de ciertos grupos de activistas homosexuales

 

Dentro de los grupos más radicales del activismo del sida en los EE UU se encontraba Project Inform de San Francisco y el ya citado antes y muy conocido, ACT UP. Project Inform fue fundado por el activista Martin Delaney, quien empezó criticando el uso del AZT en el sida. Martin Delaney había escrito un libro, “Estrategias para la supervivencia”, en colaboración con otro autor, donde advertía a los hombres gays de los desastrosos efectos de los “poppers”, así como de la cocaína, heroína y anfetaminas, (de elevado consumo en aquella época), recalcando los efectos inmunodepresores de estas drogas. La donación de 150.000 dólares por parte de la compañía Wellcome y otros 200.000 por parte de Bristol-Myers-Squibb, cambió radicalmente el modo de pensar de Delaney, al extremo de convertirse en un feroz crítico de la postura de Duesberg en periódicos y revistas. Otro tanto aconteció con Larry Kramer, conocido activista de los derechos de los homosexuales americanos, el cual pasó de tener una postura muy crítica con el estamento oficial del sida, (en un principio ni siquiera reconocía la existencia del sida), a difundir las consignas del CDC en cuanto a prevención y tratamiento, AZT incluído. Kramer había fundado en 1982 el Gay Men´s Health Crisis, GMHC, pues bien, un exdirector ejecutivo de este grupo reconocíó al escritor John Lauritsen que el grupo había recibido fondos de la compañía Wellcome, si bien evitó decir la cantidad. Kramer fundaría otro grupo más radical en 1987, ACT UP, grupo que se encargaría de presionar a la FDA, el organismo encargado de la aprobación de drogas y alimentos en los EE UU, para que se aprobaran más fármacos contra el sida. La compañía Wellcome desarrolló estrechas relaciones con el grupo, el cual fue promocionado para asistir asiduamente a las conferencias internacionales sobre el sida, (esas macroconferencias, auténticos festivales de las empresas farmacéuticas, que se vienen celebrando cada dos años). En la Novena Conferencia Internacional, celebrada en Berlín en 1993, unos 300 miembros de ACT UP viajaron y se alojaron en hoteles con piscina, con los gastos cubiertos por la compañía Wellcome, así mismo un representante de ACT UP de Londres reconocíó que su grupo había recibido 50.000 libras de la firma.

La Novena Conferencia de Berlín fue pródiga en cuanto a las amenazas e intimidaciones, que llegaron a la agresión fisica, protagonizadas por miembros de ACT UP, el propio servicio de orden de la conferencia y el mismo Martin Delaney, contra un pequeño grupo de disidentes, periodistas y participantes críticos. El propio Robert Gallo sorprendió a propios y extraños cuando, para hacer frente a las incómodas preguntas de los periodistas echó mano nada menos que de sus guardaespaldas. “¿Desde cuándo un científico acude a los congresos rodeado de guardaespaldas?”, se preguntaría más tarde Joan Shenton, directora de Meditel, una productora independiente de televisión que ha ganado importantes premios por sus trabajos sobre el sida en el Reino Unido.

El mismo fenómeno de “institucionalización del VIH” que se dio en los EE UU (donde sólo falta el “Ministerio para el VIH”), se reprodujo fielmente en el resto de los países: comisiones nacionales, fundaciones privadas, grupos antisida subvencionados tanto con fondos públicos como privados,…La guerra contra el sida ha creado una multitud de semi-funcionarillos que, bajo la apariencia de activismo espontáneo y defensa de los derechos de los “infectados”, repiten las consignas oficiales y actúan de acuerdo a los intereses de las farmacéuticas y no de los colectivos que dicen defender.

Un ejemplo de los extremos hasta dónde llega ese activismo lo refirió Michael Callen, un superviviente de sida de 12 años, que se esforzó por infundir esperanza a los enfermos de sida, encontrándose con la inesperada oposición de estos activistas a su mensaje de esperanza, ((hemos publicado unos comentarios sobre su libro “Sobreviviendo al Sida en nuestra página, http://superandoelsida.ning.com/profiles/blogs/sobrevivir-al-sida-1 ). La razón aducida era que, si se decía que el sida no era fatal, dificultaría la consecución de más fondos gubernamentales para luchar contra el sida. Al mismo tiempo se puede argumentar que la falaz afirmación de que el sida es fatal, facilita el empleo de unos caros y tóxicos fármacos que de otro modo nadie tomaría.

 

 

 

Leer más…