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“MIEDO Y ASCO EN GINEBRA”, Reflexiones sobre el lamentable estado del periodismo del SIDA.

Artículo de CELIA FARBER, (Traducción: Francisco Martín)

 

He asistido como periodista a ocho congresos internacionales sobre el SIDA, en Washington, Montreal, San Francisco, Estocolmo, Florencia, Berlín, Vancouver y, este año, en Ginebra.

Todos han sido igualmente horrendos y una pérdida de tiempo para un periodista. Voy a ellos más que nada para corroborar mi convencimiento de que el SIDA –toda la industria y aparato social que mueve- es de raíz un sistema totalitario. Quiero decir con ello que propugna una ideología única que trata de afianzar su dominación obstaculizando sistemáticamente cualquier idea que pretenda ir en contra. No es un lugar para periodistas.

Los “medios de comunicación”, en la medida en que hacen acto de presencia, acuden sólo por motivos decorativos. Si un periodista audaz plantea una pregunta –una auténtica pregunta- se enfrenta a un mar de ceños fruncidos y bufidos. Te cierran el micrófono y he visto llamar a los guardianes y expulsar a un periodista del país, (en Alemania concretamente), por plantear preguntas no gratas al aparato del SIDA. La temática de estos congresos es el afianzamiento de una ideología y no su cuestionamiento. En otras ocasiones he dicho que son como el “Desfile de Octubre” del partido del Sida.

Comprendo que, el estadounidense medio, cuando digo “SIDA” piensa quizá en Liz Taylor o Elton John, en lazos rojos, marchas, velas y cosas amables. Puede que todo esto sea muy bien intencionado, pero la fuerza real que mueve la superestructura del SIDA, lo que subyace a la pátina de bondad, es una industria terrible, implacable, amoral: la industria farmacéutica. Volveré enseguida sobre los medios de comunicación; primero voy a dar datos sobre mi afirmación.

Estos “Congresos internacionales sobre SIDA” no son más que microcosmos de la industria del SIDA, financiados, promovidos y dirigidos por la industria farmacéutica. Este año, en Ginebra, había anuncios farmacéuticos pegados en las cintas transportadoras de equipajes del aeropuerto.

En todos los congresos, los gigantes de la industria farmacéutica sientan sus reales en una superficie equivalente a la de un campo de fútbol con sus anexos: un poblado de pabellones con pantallas de vídeo, pilares gigantescos, muestras interactivas y toda clase de regalos, incluídos CDs, vídeos, bolsas, condones, helados, bombones y cualquier cosa que se les ocurra para atraer a sus stands a los delegados que han ido al congreso.

Glaxo-Wellcome, (ahora Glaxo-Wellcome-Smith-Klein), fabricante del AZT, la droga del SIDA ya destronada de su empíreo lugar, paga como si tal cosa viajes en primera clase y hotel a veintenas de los llamados activistas, en su mayoría de ACT UP. Casi todos los médicos asistentes acuden invitados por la industria farmacéutica que, aparte de sus gastos de viaje y dietas, les invita continuamente a espléndidas comidas y cenas, y muchos de los médicos que escriben en revistas médicas sobre los efectos de esos fármacos del SIDA son asesores a sueldo de las empresas farmacéuticas. En resumidas cuentas: es un festival de refinado aburrimiento.

Pensaba haberlo visto todo, pero este año en Ginebra, en la sala de prensa, vi algo que por un instante me hizo pensar que sufría una alucinación de LSD. Cogí lo que parecía un ejemplar del periódico “USA Today” y era un “USA Today” con su logotipo incluído, pero el texto de la portada no hablaba más que de fármacos, fármacos de Glaxo, y todo en tonos entusiastas.

Luego, en letra pequeña a pié de página, leí que Glaxo había comprado la portada entera ¡Para publicar un texto escrito por sus empleados! Y semejante edición especial circulaba por Ginebra como si a todos los efectos fuese un ejemplar de “USA Today” cuyo equipo de redacción hubiese decidido de pronto ilustrar al mundo sobre las excelencias de los fármacos de Glaxo.

En la sala de prensa, todas las mañanas, los representantes de las empresas farmacéuticas venían con sobres para los informadores de los principales periódicos, quienes abrían los sobres, se dirigían a una mesita y se ponían a teclear. “Es como si todos hicieran calceta”, comentó mi amigo Huw Christie, editos de “Continuum”, revista disidente (ya desaparecida) del SIDA. (Un “disidente” es una persona que cuestiona el modelo VIH-SIDA).

En el congreso de 1993 en Berlín, cuando los resultados del llamado estudio Concorde hicieron añicos la absurda aseveración, sostenida contra viento y marea, de que el AZT era un fármaco que prolongaba la vida de los enfermos, recuerdo como si fuera hoy un incidente que lo resume todo. A la puerta del congreso había un hombre con una pancarta que rezaba: “Abajo el AZT” o algo por el estilo. El pobre hombre se vió acosado por una multitud de activistas (de ACT UP), algunos de los cuales exhibían pelos de colorines y crestas, que le rompieron la pancarta y los palos, le tiraron al suelo y quemaron la propaganda.

Después se supo que a aquellos fanáticos partidarios del AZT –que, por cierto, quedaron impunes-

les había pagado el viaje la compañía Wellcome.

Para los que no hayáis seguido la cobertura del SIDA por los medios de comunicación todos estos años, haré el siguiente resumen: los principales medios de información sobre el SIDA han deformado de modo irreparable el tema, repitiendo constantemente, sin verificarlos, los comunicados de los organismos del SIDA del gobierno federal.

Han aceptado el conjunto el criterio totalmente infundado de una “explosión” de SIDA heterosexual, carente de evidencia, que nunca se produjo ni se producirá. Han estado informando sin plantear objeción alguna que el AZT era un fármaco maravilloso que salvaba la vida, criterio basado en estudios fraudulentos financiados por el fabricante del fármaco. (En realidad, los resultados demostraron que acortaba la vida). No informaron que el científico del SIDA Robert Gallo había robado su muestra de VIH al Instituto Pasteur, a pesar de que era manifiesto, ni tampoco, inexplicablemente, cuestionaron el anuncio totalmente infundado del Dr Gallo cuando afirmó en 1984 que el VIH era la “causa” demostrada del SIDA.

Después inventaron una epidemia de SIDA que iba a diezmar África, a pesar de que en todos los paísese africanos afectados por el SIDA se registra aumento de población. Y se pusieron eufóricos en 1996 con el eslogan “Se acabó el SIDA” lanzado para promocionar los nuevos cócteles que iban a resucitar a los muertos. Ahora la situación ha dado un vuelco y se está demostrando que esos fármacos causan terribles afectos colaterales y no disminuyen la mortalidad.

Pero ninguno de ellos ha perdido su trabajo ni se ha ganado una reprimenda, porque el periodismo del SIDA es una simple fachada. Me di cuenta este año en Ginebra en una conferencia sobre “SIDA y responsabilidad de los medios de comunicación”. Asistían muchos periodistas y en medio de ellos sentaba Miss América. Hablaban, como de costumbre, de que si la “responsabilidad” de los periodistas frente al SIDA es esto o aquello, de la importancia de “educar” al público, el modo en que los periodistas configuran las respuestas culturales al SIDA.

Al final no aguanté más y me acerqué al micrófono en un momento en que me armé de valor, para decir: “El problema es esta clase de discurso, este discurso sobre ‘responsabilidad’. La responsabilidad que existe no es mayor ni menor que en otros temas. La única responsabilidad del periodista es investigar e informar. No somos boy scouts, ni misioneros, ni evangelistas. Somos periodistas”.

Me cerraron el micrófono. Una mujer de la mesa que era de una isla de las Indias Occidentales se me acercó y me dijo: “Creo que ahora entiendo lo que quiere decir. No dejo de oir que en mi país tenemos más de 400 casos de SIDA y que van en aumento, pero no es cierto. Tenemos unos 18 casos; pero si lo digo me tachan de irresponsable”, y se echó a reir. “¿Es eso lo que quiere decir?”. Le contesté que exactamente.

Es una representación virtual de la distopia de Orwell, en la que el partido dictamina que la mentira es “responsable” y la verdad “irresponsable”.

Qué bien, qué grandioso pensar que, como informadores sobre el SIDA, tenemos mayor “responsabilidad”, un trabajo que es más complicado, más portentoso que el de otros periodistas que cubren otros temas. Pero no es más que un razonamiento ligeramente velado a favor de la propaganda. El periodismo desenmaraña, revela, incluso molesta. La propaganda, por el contrario, actúa sobre un plano emocional y proyecta constantemente un foco sobre lo que se considera bondadoso. Según el propio Goebels: “Su propósito es mantener a la gente persuadida y moldear a las generaciones futuras”. Goebels dejaba bien claro su desprecio por los hechos: “Esto es la diferencia entre propaganda e ilustración de la gente. La propaganda es un concepto revolucionario-político. La ilustración de la gente queda limitada a informar de un modo más fáctico sobre las necesidades y asuntos existentes”.

En una conferencia de prensa en que se presentaban a las estrellas del SIDA, el doctor Anthony Faucy (director del National Institute of Allergy and Infectious Diseases) y el doctor David Ho (incondicional del cóctel), algunos periodistas disidentes peguntaron qué pruebas existían sobre el aislamiento del VIH. Un colega mío oyó cómo una informadora lanzaba un suspiro y ponía los ojos en blanco, exasperada, para acercarse al Dr Faucy y susurrarle de modo perfectamente audible: “¿Cómo dan ustedes pases de prensa a esta gente? ¡Hay que hacer algo!”

El activista Mark Harrington, que también estaba en la mesa, vociferó: “¿Es que no tenéis vuestro congreso? ¿Por qué venís aquí?”

Después nos enteramos de que las quejas sobre nuestra presencia en el congreso no procedían de los líderes del SIDA, ni siquiera de los representantes de las empresas farmacéuticas, sino de los periodistas, que probablemente ni siquiera se dan cuenta de que han abandonado el ámbito del periodismo oara flotar en un espacio plácido y bien organizado en el que no se hacen preguntas, no se molesta y la verdad brilla por su ausencia.

 

 

 

 

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