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A pesar de que la noticia es de hace 8 años no ha perdido toda su actualidad, una persona que desea permanecer en el anonimato nos confirma un caso, ocurrido la semana pasada, en el cual la familia de un fallecido ha tenido que pasar por esta situación surrealista, que pone de manifiesto los extremos ridículos a los que se llega en aplicación de una absurda y estafalaria teoría, en virtud de la cual se asume en la práctica que el vih, además de invisible, resistente a todo, experto en camuflaje y adaptación, resulta ser también inmortal. Lo extraño de estas prácticas es que, por increíbles que parezcan, son avaladas por el propio Ministerio de Salud a través de sus manuales de bioseguridad, como se recoge en el artículo.

Fuente http://archivo.elsalvador.com/noticias/2006/07/24/nacional/nac1.asp

Discriminados después de muertos

 

No tocar, no velar y enterrar de inmediato. El virus del Sida en las personas fallecidas “vive” eternamente para enterradores, preparadores de cadáveres e, incluso, una parte del personal médico. Sepultarlos a, por lo menos, un metro bajo tierra, en cajas mal llamadas “especiales” y en lugares separados del resto son rituales comunes en los cementerios. Lo que sorprende es que una guía de Salud Pública avale estas prácticas.

Publicada 24 de julio de 2006, El Diario de Hoy

 

Mirella Cáceres/J.R.
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

 

“Requiescat in pace”, inscripción en latín abreviada R.I.P., traducida por el conocido “Que descanse en paz”. Lucía no está en paz consigo misma desde que enterró a su amiga, primero, y a su hijo, después, ambos enfermos de Sida. También duda si el calvario de un enfermo, tras una vida de sombras y estigmas, termina con una palada de tierra.

Lo que sí tiene claro, y eso indigna a esta mujer de 40 años, es que su hijo no descansa donde desea. Y no entiende el porqué. “Murió en la casa, pero cuando quise enterrarlo en el Parque Memorial Monseñor Óscar Arnulfo Romero, ubicado en el ala poniente del Cementerio La Bermeja, le vedaron el derecho”.


La respuesta que le dieron entonces, la repite después, con otras palabras, Ever Rodríguez, gerente de cementerios de la alcaldía de San Salvador: “Por el dolor que pueda tener una persona cuando entierra un cadáver con Sida, no vamos a exponer a 15 más, no es válido desde ningún punto de vista”. La razón de fondo, si se puede decir así, es que ese lugar es reutilizado; cada siete años sacan los restos para depositarlos en osarios. ¿Sida en los huesos, siete años después? ¿Proteger a los vivos?

Ése fue el segundo golpe moral para Lucía; el primero llegó cuando murió su amiga, como le dice a la joven que conoció en fase terminal y desamparada en una cama del Rosales mientras visitaba a su hijo.

Un día, la mujer murió y, como hasta ese entonces, nadie preguntó por ella ni llegaron a recoger el cadáver. “Me fui a retirarlo a la morgue, el empleado de ahí se negó a ayudarme, a pasar el cuerpo al ataúd porque dijo que le prohibían tocar los cadáveres de los fallecidos por el VIH”.

Lucía recorrió dos veces ese camino al cementerio, sinuoso para los familiares, y lleno de discutibles normas preventivas y miedos infundados.

9288835284?profile=original                                                        Hoyos. El destino para los desconocidos. Foto: EDH


Ese temor que empieza en las morgues de cualquier hospital continua en las funerarias. En las pláticas con estos empleados, El Diario de Hoy habló con media docena de ellos, la conversación transcurre con normalidad hasta que se oye la palabra “Sida”. Algunos bajan la voz para explicar la delicadeza del caso, “el riesgo que entraña la enfermedad”.

Otros van al grano. “Mire, esto es bien difícil, no se vaya a sentir mal, pero lo mejor es no preparar el cuerpo, pues es bien arriesgado por la enfermedad, es contagiosa, lo comprende”, advierte un señor de una firma tecleña. Para despejar cualquier duda, acota: “En ninguna funeraria le van a preparar un muerto por Sida”. El proceso de preparación consiste en retirar las vísceras, colocar algodón para mantener la forma y añadir formalina.

En parte, el señor tiene razón. En las empresas visitadas en Santa Tecla, San Salvador, Soyapango y Cojutepeque, la respuesta es similar. Sólo hacen una excepción que cabe en la aseveración: “el riesgo tiene su precio”. Los “más atrevidos” duplican y triplican el costo; preparar un cuerpo “normal” anda entre $50 y $100. Eso sí, hay empleados, como el de otra firma, ubicada al norponiente de la capital, que simplemente no los preparan. “No lo haría, mi vida vale más que unos dólares”.

9288835464?profile=original                          Una caja de lámina de zinc está en exposición en una funeraria capitalina. Foto: EDH

Desde el punto de vista científico, el riesgo presente en un cadáver de un paciente con Sida existe, pero no es mayor que en otros casos. “Así como el paciente vivo con VIH no necesita aislamiento, tampoco el paciente muerto necesita ser segregado de un camposanto, en una funeraria”, matiza Rolando Cerritos, jefe del área de Infectología del Hospital Rosales.

En el país a diario fallecen entre cuatro y cinco personas por este mal y se encuentra entre las primeras diez causa de muerte según el Ministerio de Salud.

El uso adecuado de las medidas de protección para la manipulación de un cadáver elimina la posibilidad de contagio y, también, acabarían con los mitos que rodean a esta enfermedad.

El virus del Sida es capaz de sobrevivir hasta 16 días en un cadáver, incluso a bajas temperaturas. Una dato anecdótico si, según Jorge Panameño, también infectólogo, las personas que manipulan los cuerpos implementan las llamadas “Precauciones Universales para Sangre y Secreciones”. “No es nada complicado, consisten básicamente en el uso de métodos de barrera como gabachones impermeables, lentes y mascarillas”.

Algo, aparentemente tan sencillo, no se aplica en muchas funerarias y otros centros, quienes prefieren vivir de “esa ignorancia” que aún rodea al Sida y de la cual se saca un jugoso provecho.

9288835480?profile=original                               Señal. Muchos fallecidos yacen bajo tierra sin el símbolo de Cristo. Foto: EDH

Una familia, aunque sea más para acallar los rumores de porqué murió un pariente que por convicciones religiosas, paga lo que sea para que le preparen en cuerpo o bien compra una caja especial para que sea velado sin embalsamiento. Lo que haga falta para no levantar sospechas.

Ese silencio sepulcral de la vela no es posible sin una caja térmica. Hecha de lámina de zinc, introducen el cuerpo, antes de soldarla por completo, para así evitar los malos olores de un cuerpo no preparado.

También, así hacen algunas funerarias para convencer al cliente, para evitar un contagio. ¿Se transmite el virus del Sida por vía el aire? Evidentemente, no. Pero hay unos mitos creados que abonan ciertos negocios.

Sobre el virus

Los prejuicios sobre el VIH tienen su raíz, según los infectólogos, en la ignorancia que todavía existe sobre esta enfermedad.

Larga vida. Se ha establecido que el virus del Sida es capaz de sobrevivir hasta 16 días en los cadáveres, incluso con temperaturas inferiores a los 2º centígrados. Transcurrido ese tiempo no hay una posibilidad real de transmisión. Antes, el riesgo tampoco existe si se trabaja de acuerdo a unas sencillas normas de bioseguridad, obligatorias para estos trabajos.

9288835872?profile=original           La cruz que llevan en vida muchos enfermos de Sida, les falta al morir, víctimas del abandono. Foto: EDH

Sin indicios. La OPS, en su libro sobre manejo de desastres, asevera que, desde el punto de vista científico e histórico, no hay evidencias de transmisión de agentes patógenos por el manejo de los cadáveres. Sólo aparecen varias narraciones anecdóticas de contagio por Salmonellas y Vibrio Cholerae, que todavía son cuestionadas por los científicos.

Improbable. El contagio de un virus por la sangre es algo muy difícil y sujeto a un cúmulo de coincidencias. 1) El cuerpo tenga una cantidad del virus suficiente. 2) El empleado entre en contacto directo con la sangre. 3) Que haya una lesión en la piel que permita el ingreso de los virus. 4) Que se desarrolle una infección. Eso no ocurrirá si hay una mínima protección.

Lo básico. Más allá del origen de la muerte de una persona, los que manipulan el cadáver deben usar unos métodos de barrera como protección. Las recomendaciones son para todos los cuerpos. Hay que recordar que pasa un tiempo desde que la persona se infecta hasta que la enfermedad se desarrolla. Éste puede variar de seis semanas hasta seis meses.

En la Funeraria La Buena Fe, en Santa Tecla, un ejecutivo de ventas explica que “se echan el tiro” para decir que tratan a estos cuerpos. Ésa es la respuesta que da cuando se le pregunta como pariente de un fallecido por Sida. Como periodista, la cosa cambia. “Los tiramos a otras funerarias cuando nos cercioramos de la causa de muerte, según Medicina Legal o el hospital”. Eso sí , si quieren velarlos sin prepararlos, está la opción de la caja térmica. La más cómoda cuesta $200.

El empleado de esa empresa asegura que esas medidas, innecesarias para los especialistas consultados, nacen curiosamente en los centros de salud. “Cuando vamos a recoger el cadáver nos dicen de qué murió la persona y recomiendan no velarlo”. En la Funeraria Isaí, también tecleña, se llega al extremo cuando un trabajador aconseja que se debe “quemar la ropa del muerto, si no se arriesgan a ser positivos”.

Antes, las llamadas cajas térmicas de lámina cubrían por completo al cadáver. Hoy, algunas tienen una ventana por donde ver la cara del fallecido.

Lo extraño de estas prácticas no es tanto que se lleven a cabo sino que el Ministerio de Salud les dé el respaldo a través de la Guía de Medidas Universales de Bioseguridad, un documento elaborado en 2004, cuyas recomendaciones se tomaron de un manual editado por la OPS en 1989.

En el apartado IX, Patología y Manejo de Cadáveres, en el punto j, por ejemplo, se lee: “Al entregar el cadáver a la familia debe sellarse el ataúd”.

No terminan ahí ese cúmulo de despropósitos, a juzgar por las palabras de Odir Miranda, presidente de la Fundación Atlacatl. Dos líneas más abajo de la frase anterior, aparece otra más que se entiende como algo más que un consejo: “evitar (las) actividades sociales y religiosas”.

O, también, un poco después un párrafo donde asevera que lo “ideal es cremar” el cuerpo. Un servicio caro y escaso para un país, en general, con una renta baja.

En 1989, el manual tenía su sentido al referirse a una enfermedad “relativamente nueva”. Hoy, la última publicación de la OPS, titulada “Manejo de Cadáveres en Situaciones de Desastre”, recoge la importancia de las diferentes culturas por las prácticas funerarias e insiste, sin perder de vista los estigmas del VIH, que al negar estos servicios se condena a la familia a una “segunda muerte”.

Para Odir Miranda, la normativa resulta sorprendente. “Hemos discutido la guía de bioseguridad y hay disposición de Salud para cambiar la normativa”.

El testigo lo tomó Rodrigo Simán, jefe del programa nacional de VIH/Sida quien ve también sesgos de discriminación en estas prácticas. “No estaba como prioridad, pero vamos a capacitar a las funerarias, a partir del segundo semestre”.

De esta forma, en la medida que haya un trabajo de preparación del muerto más profesional, asesorado por especialistas, se eliminarán posibles riesgos y, lo más importante, esa marginación que acompaña a los familiares que piden preparar al fallecido para darle los oficios religiosos.

Un primer paso, aunque sin mucho éxito a juzgar por los comentarios de las funerarias tecleñas, son las charlas que brindan desde la Unidad de Salud “Carlos Díaz del Pinal”, según indicó Ostmaro Romero, director del centro de atención.

Y si no cómo se explica que cumplidos los 25 años del descubrimiento del virus del Sida, en una sociedad donde se habla de pacientes “vivos positivos” para referirse al VIH como una enfermedad crónica, el doctor Rolando Cedillos, del Hospital Rosales, todavía recibe a personas que le preguntan si pueden velar a su fallecido. O que, desde la morgue de ese centro de atención, a las familias les recomiendan “no tocar” al pariente fallecido.

“Queremos que cambien esas normas”

“Es un tipo de violación a los derechos humanos”. Con esta frase, Odir Miranda, presidente de la Asociación Atlacatl, resumió el cúmulo de estigmas que rodean a los muertos por el Sida.

La iniciativa de modificar esta normativa cuenta con el visto bueno del Ministerio de Salud, ente que la aprobó en 2004. El problema está en que las recomendaciones fueron tomadas de un manual editado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en 1989. Y en 15 años, como asevera el infectólogo Jorge Panameño, se ha avanzado mucho en la lucha contra esta enfermedad y cómo enfrentarla.

Odir Miranda asegura que como asociación han ofrecido su apoyo a las funerarias para capacitarlas en el manejo de cadáveres, pero “algunas han buscado pretextos”. También para hacerles ver que no es necesario un doble ataúd ni que éste sea de zinc, menos aún que vaya sellado.

Con algunas medidas de seguridad básicas como el uso de guantes, gabachas, cualquier posibilidad de contagio.

Romper estos tabúes no resulta fácil para la Asociación Atlacatl, quien denuncia las dificultades que hallan muchas veces para que las funerarias, amparadas en el manual de Salud, les preparen un cadáver. “Hace poco velamos a un compañero que la funeraria exigía enterrarlo de inmediato. Otras veces en el ISSS y Salud dan instrucciones para que los cuerpos no se toquen”, apuntó Miranda.

Como explica Panameño, la presencia del virus no es problema si se toman las medidas de seguridad descritas; las cuales, por cierto, deben utilizarse siempre, sin importar la causa de muerte.

“En la práctica discriminan a la familia”

Hasta hace unas semanas, el trabajo para enfrentar este tipo de situaciones que atentan contra las familias dolientes no estaba en la agenda de Salud Pública.

Sellar los ataúdes “especiales”, negar los oficios religiosos a los allegados... son prácticas que como si fueran un ser vivo, tienen un ciclo vital, perjudicial para muchos. Unos estigmas que “nacen” en las morgues de los hospitales, “se reproducen” en las funerarias, pero que, a diferencia de los seres vivos, no “mueren” en los camposantos.

Rodrigo Simán, jefe de programa de VIH/Sida del Ministerio de Salud, habla de que estas medidas, en la práctica, son “una forma de discriminación hacia la familia”. El especialista insiste en la necesidad de capacitar a las empresas funerarias y al personal médico para conocer mejor los riesgos y evitar así los “miedos” innecesarios.

Alma Yanira Quezada, responsable de medicamentos del mismo programa, afirma que la epidemia del Sida es dinámica y, por tanto, hay que actuar en consonancia. “En parte, la guía (de bioseguridad) quedó obsoleta en puntos como no velar a los muertos”, añadió la doctora.

Para Quezada, algunas funerarias, quizás por la ignorancia de la enfermedad, se aprovechan de las familias, al tratarles de vender servicios como “la cremación”, algo, por otra parte, poco arraigado en el país. La propia Guía de medidas universales de bioseguridad, como aparece en el capítulo nueve, indica que “lo ideal es cremar el cuerpo”.

Éste y otros puntos, denunciados por asociaciones como Atlacatl, estarán presentes en las reuniones de esta semana, donde participarán especialistas y empleados funerarias.

El problema no es exclusivo del país

El virus del VIH ha sido, sin duda, el patógeno más estudiado y en el que más dinero se ha invertido. Aunque aún no hay una vacuna, se conoce mucho acerca de su forma de transmisión y los riesgos que representa. De ahí, que algunas prácticas, como sellar un ataúd, no tengan un sostén científico.

Polémica en frontera


El entierro de personas muertas por Sida desató las críticas en el pueblo uruguayo de Rivera, en el límite con Brasil. La razón: se ordenó que el cuerpo del enfermo se cubriera en bolsas plásticas y se colocara en ataúdes revestidos de zinc y ladrados para su velatorio. Por ley, hay un cementerio especial.

Sólo una advertencia


En los Estados Unidos, país donde se descubrieron los primeros casos de VIH hace más de 20 años, la única medida distina que se toma en cuenta con el cadáver es la colocación de un rótulo en una de las extremidades donde se advierte al personal forense y funerario de cualquier riesgo de contagio.

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